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domingo, 2 de enero de 2011

Arroz de huerta, mar y monte (de Marisa Lanca)


Entrado el nuevo año, ahí va otra recetica. Porque vosotros lo valéis... Y porque me ha salido tan buena que me he dicho ¡la mando!

Ingredientes: (para 4 o 5 personas)

  • 1/2 kilo de conejo
  • 1/4 de gambas peladas
  • 6 alcachofas
  • 1/2 kilo de arroz
  • 1 pimiento rojo pequeño
  • 1 tomate
  • 3 rodaballos
  • Vino blanco
  • Limón
  • Azafrán
  • 3 dientes de ajo

Elaboración:
Para empezar se meten al horno 3 rodaballos con base de aceite de oliva y espolvoreados con sal, el zumo de un limón y un poco de eneldo, y regado con vino blanco y unos cacitos de caldo de pescado. Diez minutos a 200 ºC. El resultado de este guiso es un caldo muy sabroso que reservaremos en un cuenco para nuestro arroz. Con el rodaballo cada uno que haga lo que quiera; no nos interesa.
En una paellera, paellador eléctrico o cazuela al gusto se fríe con cantidad no despreciable de aceite de oliva el conejo previamente cortado a trozos delicados. Se reserva.
Pelamos bien las alcachofas, las cortamos en cuartos y las incorporamos para freír. Cuando estén doraditas, añadimos las gambas, los ajos troceadicos y el pimiento a dados finos, y aderezamos todo con sal. Esto ya tiene una pinta excelente de color: rosa, verde, rojo...
Es el momento de añadir el tomate pelado y triturado. Si observamos que falta aceite, vamos añadiendo sin problema. Removemos constantemente con cuchara de madera.
Ahora viene el arroz: 1 taza mediana por persona. Yo suelo espolvorear con colorante amarillo y un poco de pimentón dulce, pero no es imprescindible.
Se revuelve el arroz con el sofrito unos 2 minutos y se añade el caldo de rodaballo: 2 tazas por cada una de arroz que hayamos echado. Si nos falta, se completa con agua. También se incorporan los bocados de conejo que teníamos reservados.
Cocerá 15 minutos justos y listo. El plato servido se decora con unas hebritas de azafrán.

Nota: Si después de comer nuestro arroz, todavía queda en la paellera alguna ración, al día siguiente se prepara un ajolio, se calienta el arroz en una sartén y veréis la combinación... ¡qué ricura!

Marisa Lanca (María de Huerva, Zaragoza)

martes, 14 de diciembre de 2010

Calamares rellenos en su tinta a la inversa con cebolla caramelizada (de Yoyo Yoyo)


Bueno, despues de pensar mucho si mandaba receta o no, al final me he decidido y ahí os la dejo. Una lástima que no se puedan postres. Espero que os guste a todos. A todos los que la hagáis en casa, no al jurado, que no estoy haciendo la pelota.

Comencemos:

 Ingredientes:
  • 500 g de calamares o chipirones (5 o 6 medianos)
  • 5 langostinos
  • 2 lonchas de jamón serrano
  • 1 huevo cocido
  • 2 dientes de ajo
  • 2 cebollas grandes
  • 1 copita de Brandy
  • Tinta de calamar (una bolsita, si no tenéis natural)
  • Aceite de Oliva Virgen
  • Sal
  • Pimienta

Manos a la obra:
Limpiar los calamares, reservando las patas y aletas. Una vez limpios les damos la vuelta como si fueran un guante.
Cortar las patas y aletas en trozos pequeños, al igual que el jamón y los langostinos (los langostinos pelados).
Picar las dos cebollas en una picadora o robot, no muy picadas, pero finitas. Las ponemos a pochar en un buen chorro de aceite, añadimos sal, una pizca de azúcar moreno, dos gotitas de vinagre, pimienta, a fuego lento y las dejamos hasta que cojan un color doradito. Tiene que ser el fuego muy bajo porque sino se quemarían y amargarían. Para daros una idea, tienen que estar por lo menos 30 minutos.
En otra sarten ponemos aceite y añadimos los ajos en láminas finas; cuando cojan color, poquito, echamos las patas y las aletas de los calamares, salpimentar, pero poquito. Se rehogan dos minutos y añadimos el jamón, otros dos minutos, esta parte con el fuego suave. Para terminar añadimos los langostinos y el huevo duro rallado. Damos unas vueltas con la cuchara de madera e incorporamos la tinta de calamar. Dejamos dos minutos a fuego suave y sacamos para que se temple.
Con esta farsa rellenamos los calamares o chipirones, no muy llenos porque al cocerlos merman y se nos saldría el relleno, no hace falta poner palillos, al darles la vuelta se cierran al cocer y no dejan salir el relleno. Pasarlos por una sarten con aceite caliente, simplemente para que se marquen.
Los pasamos a la cazuela con la cebolla ya terminada de caramelizarse, ponemos la copita de brandy y los dejamos unos cinco o siete minutos. Apagamos el fuego, dejamos reposar 15 minutos y LISTO.
Decorar el plato con esparragos verdes a la plancha o con arroz, o con cualquier otra hortaliza.
Y ya puestos, si lo acompañáis con un cava, triunfáis.
Yoyo Yoyo (Zaragoza)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Sacrilegio a la marinera (de Miguel Ángel Cortés)


Dada mi lejanía  moral y filosófica con  la profesión de recetario pero mi gran afición a la cocina arrastro un bloqueo mental desde hace años que intento suavizar saltando de foro en foro y de blog en blog buscando un sitio donde me enseñen a cocinar y no se limiten a copiar ecuaciones con muchas incógnitas. No soy químico ni pastelero (valga la redundancia) ni tampoco me considero cocinero; un mero y llano juntaingredientes que disfruta viendo a sus invitados hablando, riendo, bebiendo y olvidándose de lo que yo mismo les he cocinado mientras los platos quedan vacíos y hasta las más “comemiguillas” repiten ración.
Pero me piden una receta. ¡Dios me libre de cometer tan magnífico derroche de tiempo y provocar desperdicio igual en el jurado! Escribiré algo más interesante, aunque no por ello más útil que una receta, provocaré desasosiego, rechazo, críticas, risas altivas e incredulidad mezclando en una misma tartera pescados, mariscos, nata, mantequilla, queso y masa quebrada, entre otros extraños compañeros de viaje para producir el mejor de los resultados estéticos posibles: la provocación. Además de una placentera y etílica  sobremesa de todo el que ose inspirarse con el aroma que despide este texto.
Dejen de leer, por favor, los que no se confiesen en la pescadería o los que disfruten comprando rodeados de luces de neón. A los que quedan les emplazaremos a su mercado más cercano, con su párroco de confianza, recibiendo una penitencia acorde con sus pecados; o sea, a más pasta, mejor mercancía. El pecador cargará con morralla y cangrejos para el caldo, pescado de firme carne para freír enharinado a tacos, crustáceos también de carne firme tipo langosta o bogavante, algunas gambas o langostinos, mejillones y almejas. Una vez cumplido este ritual podemos continuar con los menesteres menos importantes que nos separan del final del trayecto. Unas cervezas y un compañero nos lo harán más llevadero.
Para el caldo no debemos olvidar añadirle un tomate, unos pimientos, puerros, una hoja de laurel, granos de pimienta, las cabezas de todos los crustáceos y algo de azafrán tostado al agua justa para que nos sobre tan sólo una tacita por cocinero que beberemos luego, a modo de aperitivo, mientras destapamos una segunda cerveza. Transcurrido como máximo el tiempo que dura un CD de música pop chafaremos todo y lo colaremos.
Rape, bacalao, lubina, rodaballo o pargo nos servirán. Igual que los crustáceos lo cortaremos a tacos, sin espinas por supuesto, los pasaremos por harina y los freiremos breve pero intensamente.
Cebolla, ajo, pimiento verde, vino blanco y tomate a fuego lento pero seguro hasta que parezca una mermelada oscura y compacta a la que añadiremos, muy poco a poco, el caldo anterior intentando que parezca todo un mismo cuerpo. El sacrilegio viene ahora: sin apartar del fuego verteremos nata (y concentrado de tomate si queremos más oscuridad) hasta que todo hierva tímidamente sin dejar de mover con unas varillas. Apartado ya del fuego remataremos con parmesano rallado, mantequilla y hierbas frescas a placer y gusto del que abrirá la tercera cerveza para afrontar la última y decisiva etapa. En el mismo recipiente juntaremos el pescado frito anteriormente con las gambas, langostinos, mejillones y almejas bien limpios de pelos y barbas removiendo bien el conjunto para unificar sabores.
Un recipiente elegante, ovalado y con el borde suficiente hará los honores de recibir a todos los anteriores invitados que sellarán su amistad con un tejado de masa quebrada delgada, pintada con huevo y agujereada para no elevarse a los cielos precipitadamente.
La cuarta cerveza será el tiempo necesario de horno y también suficiente para el abrebocas que los hambrientos comensales ignorarán antes de romper con una delicada pero gran cuchara el techo que les separa de los sabores y aromas del sacrilegio marino que están a punto de olvidar también. Un poco de costra, algo de pescado, gambas y conchas regado con el contundente jugo en un plato hondo serán el medio para conseguir la felicidad de nuestros invitados. Con un poco de suerte la conversación para ellos y las cervezas para nosotros serán suficientes para que tan rotundo plato pase totalmente desapercibido y no por ello disfrutado.

Miguel Ángel Cortés
Blog: El gastrónomo mallorquín